En una competencia, la rivalidad es entre “nosotros” y “ellos”. En nuestras ciudades y pueblos, se nos enseña a evitar a cierto tipo de personas de determinados barrios. “¿A quién votaste? Ah, eres ese tipo de persona”. Desde que somos pequeños, aprendemos a trazar líneas divisorias entre los que pertenecen al grupo al que llamamos “nosotros” y los que están fuera de él.
Pero la historia de Agar narrada en Génesis 16 y 21 difumina tanto la línea que separa a los que son como nosotros de los que no que, al final, terminamos preguntándonos si Dios es capaz de tratar a alguien como un extraño o extranjero. Agar es esclava de sus amos israelitas, Abram y Sarai (más tarde llamados Abraham y Sara), quienes la usan y maltratan antes de desterrarla tanto a ella como a su hijo, Ismael, al desierto. ¿Por qué? Agar es extranjera, incluso su nombre lo sugiere. El nombre de Agar es un juego de palabras basado en la palabra hebrea hagger, que significa “la extranjera”.
Sin embargo, Agar no es extranjera para Dios, ¡y la bendice dos veces en el desierto! Allí, Dios le hace promesas que son un eco de las que le hizo a Abraham, por eso ella llama a Dios El Roi, “el Dios que me ve” (Génesis 16:13). Esto la convierte en la única persona que “nombra” a Dios (o le pone un nombre) en las Escrituras.
Dios ve en Agar lo que Abraham y Sara nunca pudieron ver. Y Dios no solo ayuda a Agar e Ismael a sobrevivir, también les promete un futuro maravilloso. La historia de Agar es una de las muchas que aparecen en las Escrituras que muestran cómo Dios nos bendice tanto a “nosotros” como a “ellos”, disolviendo nuestras categorías humanas y sugiriendo que como humanidad somos uno, amados mutuamente por Dios.
La difícil situación de Agar
Agar hace su aparición en la historia bíblica cuando Abram y Sarai se impacientan con Dios. Dios había prometido darle un hijo a Abram, sin embargo, después de 10 años, Sarai aún no había concebido. Es entonces cuando ella decide “ayudar” a Dios a cumplir su promesa ordenando a su esclava Agar que conciba un hijo de Abram como madre gestante subrogada, una práctica común de la antigüedad para remediar la infertilidad (Génesis 16:1-2).
En Génesis 1-2, vemos el proyecto de Dios para la vida tal y como debería ser: los seres humanos gobernaban juntos la creación en igualdad de condiciones—sin jerarquías ni explotación—y el matrimonio era como una relación de cooperación en lugar de una relación de dominación. Pero Génesis 16 nos lleva a un mundo diferente. La cultura del Antiguo Oriente Próximo consideraba la esclavitud como algo normal, y las mujeres esclavas a menudo se convertían en gestantes subrogadas para las esposas que no podían concebir. Así que cuando Abram tomó a Agar como segunda esposa para que le dé un hijo a Sarai, no hizo algo que se consideraba escandaloso u opresivo para ese momento cultural, aunque claramente su forma de actuar no concordaba con el diseño original de Dios.
Como mujer esclavizada, Agar no tenía autoridad sobre su cuerpo, y en la historia no se dice nada respecto a su consentimiento al plan de Sarai. Pero en aquel mundo, el matrimonio era a menudo una cuestión económica, por lo que convertirse en la segunda esposa de Abram pudo parecer tanto una oportunidad como una carga.
Aun así, Abram y Sarai no veían a Agar como una persona creada a imagen de Dios con una dignidad inherente. La veían como un objeto para su uso. Ni siquiera la llamaban por nombre, en su lugar vemos que constantemente la llamaban “esclava” de Sarai (Génesis 16:2, 5-6; Génesis 21:10).
El término “esclava” implica de por sí una connotación de inferioridad, pero el narrador enfatiza doblemente la condición de forastera de Agar al identificarla repetidamente como egipcia (Génesis 16:1, 3; Génesis 21:9; Génesis 25:12). Más adelante en la historia bíblica, los egipcios esclavizaron brutalmente a los israelitas durante 400 años (véase Éxodo 1; también Génesis 15:13), y Egipto se convierte en un símbolo del mal y la opresión en las Escrituras. Por lo tanto, cuando los autores bíblicos, que escribieron después de la esclavitud de Israel, destacan el origen egipcio de Agar, la presentan no solo como extranjera, sino también como una persona despreciable.
Cuando el plan de Sarai tiene éxito y Agar queda embarazada, leemos que Sarai era “ligera (en hebreo: qalal) a sus ojos” (Génesis 16:4b, traducción de Proyecto Biblia). Eso significa que Agar trataba a Sarai “a la ligera”, como si no fuera importante. Ya no honraba a Sarai, tal vez porque ella era quien estaba gestando al hijo de Abram, lo que la hacía sentir superior. O tal vez “despreciaba” a Sarai, como dice la versión NVI, porque sabía que Sarai planeaba quedarse con el niño como si fuera suyo.
Sea lo que fuere, Sarai se enfada y se queja con Abram, pero él se distancia del conflicto. “Es tu esclava”, le dice, así que haz lo que “te parezca bien a tus ojos” (Génesis 16:6a, traducción de Proyecto Biblia). Así que Sarai oprime a Agar, asumiendo que su trato severo es aceptable porque Agar es una esclava egipcia, inferior y “extranjera”.
La palabra hebrea para “oprimir”, ‘anah, sugiere algún tipo de daño malicioso, pero la historia da pocos detalles sobre las acciones de Sarai. Lo que sí sabemos es que este maltrato hace que Agar huya. El hecho de que un desierto mortal parezca más esperanzador para Agar que el hogar de Abram y Sarai nos indica que se encontraba en una situación desesperante.
El Dios que ve a Agar
El desierto árido y amenazante no ofrece ningún consuelo ni esperanza a una mujer embarazada abandonada a su suerte. Pero allí Agar descubre que Dios sigue estando con ella. El Ángel de Yahweh, que representa al propio Yahweh (véase Génesis 16:13), se le aparece a Agar y le hace una pregunta: “Agar, esclava de Sarai, ¿de dónde vienes y adónde vas?” (Génesis 16:8, traducción de Proyecto Biblia).
Agar sabe de dónde está huyendo, pero no puede decir adónde va, probablemente porque no tiene ningún lugar adonde ir. Entonces Dios le dice que regrese a la casa de Abram y “permita” que Sarai la “oprima (‘anah)” (Génesis 16:9).
¿Se supone que debe volver y someterse a más maltratos? Para cualquiera que haya sufrido abusos o manipulación psicológica, esta parte de la historia resulta muy, muy descabellada. Pero Dios no está diciendo que esté bien sufrir maltratos a cambio de alojamiento y comida. Y la historia no está diciendo que el regreso de Agar sea un ejemplo a seguir para otras mujeres. Se trata de una narrativa compleja con la que debemos lidiar y meditar.
Nota que Dios nunca aprueba el comportamiento de Sarai, lo cual sugiere que Dios no tiene nada que ver con la mala decisión de Sarai. Sin embargo, Dios preserva la vida de Agar dentro de la única estructura disponible para ella. Si se hubiera quedado en el desierto, habría tenido que dar a luz sola, sin refugio, comida ni ayuda. En la época de Agar, incluso las mujeres que contaban con buenos recursos solían morir durante el parto, por lo que intentar hacerlo sola en tierras inhóspitas habría sido casi imposible.
El hogar de Abram y Sarai sustenta a Agar durante un período de extrema vulnerabilidad y conecta a su hijo, Ismael, con el linaje de Abram, proveyéndole un futuro. El texto no da indicios de que Abram haya continuado manteniendo relaciones sexuales con ella después de que quedara embarazada. No la retuvo por placer, la tomó para que le diera un hijo y, una vez embarazada, su misión quedó cumplida.
Poco tiempo atrás, Dios le había dicho a Abram que “sus descendientes serían extranjeros en una tierra que no sería la suya, y que serían esclavizados y oprimidos (‘anah) por 400 años” (Génesis 15:13, traducción de Proyecto Biblia), tal como leemos en Éxodo 1, cuando los egipcios obligaron a los israelitas a servir como esclavos. Trágicamente, el comportamiento de Sarai anticipa la opresión del faraón. Es una advertencia que da que pensar a cualquier comunidad que se considere “elegida”.
Dios hizo un pacto con Abram por el bien de todo el mundo, para que todas las naciones fueran bendecidas a través de él (Génesis 12:3). Y ese pacto exige que Abram y su familia muestren la justicia y rectitud de Dios (Génesis 18:19) a todas las personas. Si Sarai hubiera considerado a Agar como una creación amada de Dios, la habría bendecido, preservando su dignidad y bienestar. Pero en cambio, la deshumaniza, tratándola como un objeto.
Pero Dios ve a Agar y “oye” (shama‘) su “opresión” (en hebreo: ‘oni, de la raíz ‘anah; Génesis 16:11), y le dice que llame a su hijo Ismael, que significa “Dios oye”. Cada vez que pronunciara el nombre de Ismael, recordaría que Dios escuchaba y se ocupaba de su sufrimiento. Como señalamos anteriormente, Agar responde llamando a Dios El Roi, “el Dios que me ve” (Génesis 16:13). Ella es invisible y carece de poder, pero Dios le dice: “Yo te conozco. Estoy contigo”. Incluso en esta situación tan complicada, Agar es sostenida y amada por Dios.
Y esa es la clave. Esta historia no es un modelo sobre cómo aconsejar a los sobrevivientes ni una orden de tolerar el abuso “por el bien común”. Es literatura antigua de meditación que se niega a suavizar la fragilidad de los sistemas humanos o el daño que causan los elegidos de Dios.
La idea principal que encontramos aquí no consiste en permanecer y sufrir porque eso es lo que Dios quiere. Más bien, la historia apunta al hecho de que, incluso en situaciones terribles, Dios nos ve y nos escucha y, en última instancia, obra para liberarnos. Como dice el erudito de la Biblia hebrea Terence Fretheim: “Agar no está destinada a una esclavitud eterna en la casa de la familia elegida”. Dios tiene un futuro para ella que va más allá de su estancia en la opresiva casa de Abram y Sarai.
Las promesas de Dios para Agar e Ismael
Dios infunde esperanza en esta “extranjera” egipcia rechazada al hacerle la misma promesa que le había hecho anteriormente a Abram.
Más tarde, Dios dice que bendecirá al hijo de Agar, Ismael, y que “lo convertirá en una gran nación” (Génesis 17:20), tal y como le prometió a Abram (Génesis 12:2). Cuando Dios estableció un pacto con Abram, le hizo tres promesas: descendencia, bendición y tierra: la tierra prometida de Canaán (véase Génesis 12:1-3, 7; Génesis 15:4-5, 7). Ismael no sería el heredero de Canaán, que pasaría a manos del futuro hijo de Sarai, Isaac, pero sí compartiría las promesas del pacto de Abram en cuanto a descendencia y bendición.
Años más tarde, cuando Dios le dice a Abram (ahora llamado Abraham) que se circuncide como señal de su relación de pacto con Dios, Ismael también se circuncida (Génesis 17:23-27), esto lo marca como parte de la misma relación. El erudito de la Biblia hebrea Safwat Marzouk dice que la Biblia presenta múltiples perspectivas sobre “la inclusión/exclusión de Ismael del pacto”, lo cual “nos invita a rechazar las categorizaciones simplistas de quiénes están incluidos y quiénes no”. Dios no trata a Ismael como extranjero, sino como un buen padre trataría a su hijo querido, incluyéndolo en las mismas promesas que le hace a Abram.
El exilio de Agar
A pesar de su desconfianza en Dios y su comportamiento dañino hacia Agar, Sarai (ahora llamada Sara) finalmente da a luz a Isaac, el hijo que Dios le había prometido originalmente. Pero unos años más tarde, ve a Ismael, ahora adolescente, haciendo algo que le desagrada. Muchas traducciones dicen que Ismael se estaba "burlando" de Isaac (Génesis 21:9), pero el verbo hebreo utilizado aquí, tsakhaq, puede significar simplemente “reír”. Y el nombre Isaac (Yitskhaq en hebreo) proviene de este verbo (véanse Génesis 17:17-19, Génesis 21:1-7). Por lo tanto, los autores bíblicos podrían estar sugiriendo que la “risa” de Ismael significaba que él estaba “Isaac-queando”, es decir, disfrutando de un estatus o privilegio que Sara solo quería para Isaac.
Sara vuelve a enfadarse y exige a Abraham que eche de casa “a esta esclava y a su hijo” para que Ismael, el primogénito de Abraham, no amenace la herencia de Isaac (Génesis 21:10). Abraham no quiere expulsar a su propio hijo (Génesis 21:11), pero entonces, por extraño que parezca, Dios le dice que haga lo que Sara le había pedido. Esta expulsión no destruirá a Ismael, porque Dios tenía planes para convertirlo en una gran nación (Génesis 21:12-13).
Para entonces, Abraham se había hecho muy rico, y su casa rebosaba de plata y oro, rebaños y manadas, y esclavos y esclavas (Génesis 12:16, Génesis 13:2, Génesis 14:14). Pero en lugar de compartir sus recursos para preparar a su hijo para la supervivencia, solo le da un poco de pan y un odre de agua (Génesis 21:14). Si la vida y el futuro de Ismael hubieran dependido de la provisión de su padre humano, habría muerto en el desierto. Pero eso no es lo que ocurrió. Dios fue un padre más grande y más digno de confianza para Ismael, y no tuvo parcialidad alguna.
El éxodo liberador de Agar
Después de que se les acaba el agua, Agar e Ismael se encuentran sedientos, con los labios agrietados, esperando su destino. Agar no puede soportar ver morir a su hijo, así que, lo deja solo bajo un arbusto antes de desplomarse en el suelo, llorando.
Y en este lugar, avergonzada, rechazada y casi muerta, Dios se acerca a Agar. Cumpliendo el significado del nombre de Ismael, Dios “oye” los llantos del niño y se encuentra con Agar en el desierto una vez más, recordándole que su promesa es firme: hará lo que dijo y convertirá a Ismael en una gran nación (Génesis 21:17-18).
Luego el texto dice: “Entonces Dios abrió los ojos de ella, y vio un pozo de agua…” (Génesis 21:19, NVI). La desesperación a menudo nos ciega ante la realidad. Agar hasta ese momento no había visto la provisión de Dios. Más adelante, otro personaje bíblico, Noemí, experimenta una ceguera similar tras la muerte de su marido y sus hijos (véase Rut 1:1-5). Su nuera Rut le promete quedarse con ella pase lo que pase, pero Noemí dice que no tiene a nadie (Rut 1:16-21). Rut es un regalo divino en el momento de mayor necesidad de Noemí (véase Rut 4:15), y el pozo de agua es un regalo divino en el momento de mayor necesidad de Agar. Sin embargo, al principio ambas pasan por alto la bendición: no pueden ver más allá de su desesperanza y necesitan que otros les muestren la bendición de Dios.
Sara tenía la intención de exiliar a Agar e Ismael, pero Dios obra a través de las acciones de Sara para traer la liberación. Nota cómo Dios se dirige primero a Agar por su nombre y estatus: “Agar, la esclava de Sarai” (Génesis 16:8). Pero, como observa la estudiosa de la Biblia hebrea Tammi Schneider, luego “se refiere a ella solo como Agar. Ya no es esclava de nadie, lo que confirma que, al ser desterrada por Abraham, ha sido liberada” (véase Génesis 21:17).
Como han señalado muchos estudiosos, la experiencia de Agar como esclava egipcia en la casa de Abraham y Sara presenta sorprendentes paralelismos con la posterior esclavitud de los israelitas en Egipto.
Estos paralelismos revelan que la historia de Agar sigue el modelo del éxodo, como un reflejo de la historia de Israel. Y así como Dios permanece con los israelitas, también permanece con Ismael. El desierto, que antes representaba una amenaza, se convierte en un hogar floreciente gracias al don de la vida de Dios y a su voluntad de permanecer presente, pase lo que pase (Génesis 21:20).
El amor imparcial de Dios
La historia de Agar muestra que el amor y la compasión de Dios no se detienen en las fronteras que trazan las personas. Abraham y Sara no lograron ver la dignidad de Agar, pero Dios la vio, la escuchó y la protegió, atrayéndola hacia sus promesas y permaneciendo con ella en el desierto. Los primeros padres de Israel no cumplieron con su llamado de bendecir a las naciones, pero Dios siguió bendiciendo de todos modos porque el amor de Dios no se rige por las reglas de nuestros juegos de “nosotros contra ellos”.
A través de la historia de Agar, somos invitados a ver cómo todas las personas, incluso aquellas a las que se nos ha dicho que dejemos de lado, son apreciadas por Dios. Dios ve, escucha y honra a todos los que han sido creados a su imagen, brindándoles bendiciones y amor. Y llama a los seres humanos a relacionarse entre sí de la misma manera. Relacionarse correctamente, con justicia, siempre sana y restaura, nunca oprime ni rechaza. Lleva la bendición divina a una madre soltera despreciada en el desierto y también a todos los “extranjeros” marginados, porque Dios cuida de las personas sin favoritismos.